2006 Crónica Avís

Donovan pasó la noche intranquilo y antes de las siete de la mañana ya no pudo dormir. Se levantó para asearse y empezar a vestirse de festero por primera vez en su vida. Iba a estrenar un traje confeccionado por su propia esposa que, con la ayuda de unas amigas, había comprado y cortado la tela. En las pasadas Fiestas había ayudado a vestir a su hijo con el mismo atuendo y ya le resultaban algo familiares aquellas prendas, de modo que no le resultó complicado ubicarlas sobre su cuerpo de forma correcta y ordenada.

Padre e hijo salieron a la calle juntos, más emocionado el primero. No se sentían disfrazados, sino orgullosamente “vestidos”, y marcharon serenos al lugar de concentración de su Comparsa. Acudir a recoger a la Abanderada le permitió a Donovan contemplar de cerca las filigranas de un traje que se le antojó el más hermoso del mundo y de una bandera que ya considera suya para siempre.

La concentración de festeros, Abanderadas, Capitanes y autoridades en el Ayuntamiento supone para Donovan la primera inmersión real y completa en la Fiesta. Lo que más le llamó la atención fue el majestuoso porte de los Capitanes, Luis M. Pina y José Ramírez, a los que no conoce pero reconoce. Donovan comprendió en el acto porqué no puede ser Capitán cualquier festero y porqué es necesaria una conjunción de factores (entre ellos, aunque no el más importante, el económico) para que una persona pueda ostentar un cargo con tanta relevancia y simbolismo.

La comitiva partió camino de la Iglesia, para celebrar la Santa Misa, acto imprescindible en unas fiestas que se celebran en honor a la Virgen de los Desamparados, patrona de Ibi. Sin embargo, comprueba con cierto estupor que la mayoría de festeros, en lugar de entrar en el Templo, se encaminan hacia otros santuarios, más profanos, a celebrar otras ceremonias, no por menos religiosas menos ancestrales.

Su escuadra recaló en un ajado bar, apenas frecuentado el resto del año pero cuyo propietario, a fuerza de acogerlos cada Avís, los recibió como si fueran de la familia. Y tuvo lugar un entrañable detalle, pues los componentes de su grupo le dieron la bienvenida a la escuadra con un pequeño obsequio y quisieron hacer una foto para inmortalizar el momento. Quién le iba a decir a Donovan, que dejó atrás a todos sus amigos y se vino a España con la única pretensión de asegurarse la subsistencia para él y su familia, que sería acogido con tanto cariño por un grupo de personas a los que apenas había tratado.

Poco después bajó la comitiva de bandas de música y escuadras, más o menos formadas, camino de la Glorieta. El novicio pensaba que su comparsa almorzaba allí pero estaba convencido de que las restantes lo harían en otros lugares. Cual sería su sorpresa cuando cayó en la cuenta de que aquella fenomenal extensión de mesas y sillas albergaría a la totalidad de los festeros. No había visto nunca algo igual y no salía de su asombro al comprobar la destreza de cocineras y camareros sirviendo aquel asombroso banquete.

Pero las sorpresas no habían acabado. Cuando Donovan y sus amigos llegaron a la calle Les Eres la encontraron abarrotada de público y la visión de las mujeres cuidadosamente arregladas y vestidas para la ocasión confirmó lo que ya le había dicho su amigo Vicente días atrás: el Avís es la explosión de la primavera en Ibi. Nuestro amigo, que apenas sabe desfilar, le encuentra mucho más mérito aún a los participantes en el Concurso de Cabos y no hubiera sabido a cual elegir. Por eso, al terminar, le pareció muy justa la victoria del contrabandista Juan M. Guillem Bornay, “Galayo”, por los Cristianos y del beduino Juan F. Rico Pérez por los moros, a los que aplaudió como si los conociera de toda la vida.

De lo poco que conocía Donovan de la Fiesta eran las comidas en el zoco, pues tuvo ocasión de participar en ellas el año anterior, al incorporarse su hijo a una recién formada escuadra juvenil. Guardaba un emocionado recuerdo del momento en que, tras la proclamación del nombre de la Abanderada, quedó contagiado de la inmediata alegría colectiva. Además, sabe que su esposa está encantada de formar parte de un grupo de festeros y festeras con su propio ambiente dentro de la comparsa, con sus particulares almuerzos y comidas de convivencia, contrarrestando con ello la lejanía en la que quedaron sus seres queridos. Para Donovan y su esposa está siendo la mejor terapia contra los efectos nocivos de la añoranza.

Sin embargo, este festero novato me cuenta que el acto que más disfrutó fue el desfile de la tarde. Parecía que, tras la comida, los nervios iniciales dejaban paso a una cierta relajación, pero al empezar la música entró en un estado de tensión que mantuvo para seguir al cabo y no perder el paso. Días después, amigos y familiares le recriminaron que no les hubiese saludado, pero Donovan les explicaba que estaba tan concentrado que fue incapaz de identificar a nadie. Además, sabía que su madre, recién llegada del otro lado del Océano, estaba entre el público, y que si la reconocía estallaría en lágrimas.

Tras el desfile, aun tuvieron tiempo de reunirse para merendar en la bodega de uno de los componentes de su escuadra. Ya totalmente relajado y sentado en un rincón, mientras uno cortaba jamón y otros abrían botellas de vino, Donovan volvía a reflexionar sobre lo integrado que se encontraba: nadie estaba especialmente pendiente de él, no había diferencia en el trato y se sentía tremendamente feliz de estar allí.

Para un tradicionalista como él, amante de las cultura popular y de profundas convicciones religiosas, participar en la Procesión fue motivo de gran orgullo, pues se sentía reencontrado con sus ancestros. Algunos compatriotas lo observaban desde la acera y Donovan intuía en su mirada una sana envidia. Saludó a muchos amigos; algunos ya sabían de su incorporación a la fiesta, pues el principiante lo había pregonado a los cuatro vientos, pero otros se sorprendieron al verlo vestido de festero y le interrogaban con los ojos.

En el fin de fiesta en el zoco corroboró que las comparsas son asociaciones totalmente abiertas y participativas, en contra de muchas opiniones que había escuchado desde su llegada al pueblo. No podía entender que hubiese ciudadanos afincados desde décadas en Ibi que no hubiesen intentado, siquiera una vez, ser festeros. Había sido su primera intervención y no tenía palabras para definir como se sentía y las ganas que empezaba a sentir de que llegase septiembre cuanto antes.

José Vicente Verdú Gisbert

Cronista Oficial de Fiestas

 

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